Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, volvemos a hablar sobre las brechas, las violencias y las deudas pendientes en materia de género. Esta conversación está más vigente que nunca, pero también es necesario pensarla desde nuevos ángulos: por ejemplo, desde la experiencia de los millones de mujeres y diversidades que migran en nuestra región. ¿Qué cambia si, además de vulnerabilidad, incorporamos poder, agencia y libertad?

Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones, en las Américas hay alrededor de 73,5 millones de personas migrantes. Más de la mitad de ellas son mujeres y niñas. De acuerdo a lo que detallan informes del organismo, históricamente, los hombres representaban el mayor porcentaje de migrantes, que se iban a trabajar para enviar remesas a sus familias. En la actualidad esto ha cambiado y cada vez es más frecuente que las mujeres migren solas, ya sea para estudiar o trabajar, y que lo hagan al frente de sus familias.

Este cambio de dinámica ha traído aparejado cierto paradigma de “protección” que, si bien necesario, es insuficiente. Las mujeres que migran son un gran ejemplo de agencia a lo largo y ancho de la región. Sobre esto se debatió en la mesa de Género y Migración que se llevó adelante en el Festival Hola América, que tuvo lugar en la Ciudad de México el 5 y 6 de noviembre de 2025. Emprendedoras, defensoras y activistas de toda la región profundizaron sobre la necesidad de perspectivas nuevas.

En el cruce entre género y migración, aparece el riesgo, la precariedad, la exclusión. Pero estas realidades, no cuentan toda la historia. Hay violencias concretas y urgentes—trata, desplazamientos forzados por identidad de género, barreras sanitarias o documentales—que exigen respuesta. Ignorarlas sería irresponsable. Pero cuando la narrativa pública se detiene exclusivamente en ellas y convierte la protección en respuesta automática, el horizonte se reduce. La protección salva vidas, sí, pero si se vuelve el único marco de acción puede derivar en tutela o sustitución de decisiones.

Por eso la cuestión de fondo no es solo cómo respondemos mejor, sino desde dónde miramos para hacerlo.

Cambiar reglas, no sólo acompañar casos

Miriam González Sánchez, colaboradora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI) de México—organización que promueve los derechos de las mujeres migrantes y sus familias—explica: “No basta con acompañar casos: tenemos que cambiar las reglas”. El giro es clave. Si las políticas se limitan a atender emergencias individuales, las condiciones que producen exclusión permanecen intactas.

Como advierte Mariana de la Cruz, de Casa Frida Refugio LGBTIQ+—una organización dedicada a la protección, acompañamiento e integración social de personas LGBTIQ+ víctimas y sobrevivientes de violencias extremas, delitos y crímenes de odio en México—“las desigualdades no desaparecen cuando cruzamos la frontera geográfica”. Tampoco lo hace la agencia. Cruzar una frontera reconfigura las relaciones de poder, pero no las borra. Por eso, más que reforzar únicamente mecanismos de protección, el desafío es revisar qué normas, procedimientos y lógicas están generando exclusiones recurrentes.

Las desigualdades no desaparecen cuando cruzamos la frontera geográfica. 

En salud, incorporar variables de género y diversidad en los registros no es simbólico; es reconocer realidades que de otro modo quedan fuera del diseño institucional. En educación, por ejemplo, muchos obstáculos no nacen de la mala voluntad sino de requisitos administrativos pensados para trayectorias estables. Modificarlos amplía derechos de forma más duradera y estructural que cualquier excepción puntual. En el plano económico, promover autonomía financiera y co-producción con comunidades migrantes desplaza la lógica asistencial hacia la corresponsabilidad.

En esa misma línea, Jorge López, fundador de la iniciativa Vibremos Positivo y Development officer de AID for AIDS México—espacio desde el cual aborda los desafíos y oportunidades que enfrentan las personas LGBT+ migrantes en el acceso a la salud integral, incluyendo el VIH, la salud mental y la atención libre de discriminación—recuerda que para muchas personas LGBTIQ+, migrar no es una decisión económica o profesional, sino una estrategia de supervivencia. Cuando el desplazamiento responde a la necesidad de proteger la propia vida o identidad, la conversación sobre protección adquiere otra dimensión: no se trata solo de asistir, sino de garantizar condiciones estructurales de dignidad.

Empatía sin apropiación

Si intentas ponerte en los zapatos del otro, el otro se queda sin lugar

Además de las reglas, también importa la forma en que nos relacionamos. Otra tensión  atraviesa la conversación pública: la empatía entendida como sustitución. “Si intentas ponerte en los zapatos del otro, el otro se queda sin lugar”, advierte de la Cruz. En nombre de la empatía, a veces creemos que damos voz a esas personas y traducimos sus experiencias a categorías que nos resultan cómodas, decidiendo qué es lo mejor para ellas.

La activista y consultora en Diversidad, Equidad e Inclusión Manu Mireles, mujer trans no binaria, migrante, de Venezuela residiendo en Argentina, lo plantea en términos profundamente humanos: “Si no podemos vernos en los ojos de las personas y escucharnos, nos alejamos de la humanidad”. La empatía deja entonces de ser identificación total y se convierte en una práctica que escucha sin ocupar el lugar del otro.

Cuando la narrativa se concentra únicamente en la fragilidad, la respuesta tiende a ser paternalista. Cuando se reconoce también la capacidad de acción el escenario cambia. Las personas en movimiento dejan de ser objeto de tutela e intervención para ser reconocidas como agentes de cambio.

Aprender a vivir en la diversidad

Para Carolina Nieto, Fellow Ashoka y ex-directora de Ashoka México, Centroamérica y El Caribe, el cruce entre género y migración se resume en una idea exigente: “Aprender a vivir en la diversidad. No como consigna amable, sino como revisión profunda de cómo distribuimos poder”.

La igualdad formal no garantiza relaciones horizontales. El reconocimiento jurídico no elimina jerarquías cotidianas. Si la migración nos obliga a repensar pertenencias y fronteras, el género nos invita a revisar poder y relación.

Este 8 de marzo puede ser un momento para revisar esos marcos y preguntarnos qué estructuras y narrativas siguen reproduciendo desigualdad; porque la protección es necesaria, pero resulta insuficiente. Asumir que ampliar la conversación hacia agencia, poder y libertad no es optimismo ingenuo: es una condición para que la igualdad deje de ser promesa y se convierta en práctica.